La responsabilidad de un bibliotecario

Las innovaciones tecnológicas como sabemos han modificado la función que tenemos de las bibliotecas públicas, estas herramientas sin embargo deben serlo en el cabal peso de la palabra: herramientas, y no una imposición técnica que nos esclavice, deben ser sólo eso, medios.

Antes y después de la aparición del universo digital, teníamos presente la labor principal de la biblioteca, facilitar el derecho a la información a todo ciudadano sin distingos. Nos planteamos la pregunta, información ¿para qué?, para ser más libres y justos.

Este será el meollo de la ética del bibliotecario, de su profesión, llevar a la plena observancia ese dictum; los griegos llamaron ética al estudio del ethos, es decir del carácter, de las actitudes o la personalidad moral, por lo que la ética profesional no debe caer en el viejo estilo del adoctrinamiento, ni en el sermón sentimental.

La ética debe operar en su capacidad creativa, ser funcional tanto para el bibliotecario como para el usuario, la ética no es algo por descubrir en manuales o introducciones al tema, es más bien algo por construir, producto de diversos factores.

¿Será cierto que cualquiera sirve para colocar libros y llevar una biblioteca?, para la mayoría por supuesto, un bibliotecario es 1º. El que trabaja en una biblioteca, 2º. El que se dedica a prestar libros y lee todo el día, 3º. Una profesión descansada y relajante.

Muy pocos lo ven como la persona que de manera profesional se ha formado durante años, con alguna especialización dentro del ámbito laboral; un servicio social con tareas y funciones específicos, ejercido por un grupo de personas que se dedican a ello de por vida, con capacitaciones periódicas o permanentes en aspectos teóricos o técnicos, para ejercer su libertad y compromiso profesional frente a cada uno de los usuarios.

La Biblioteca Pública es uno de los servicios públicos más cercanos y utilizados por la sociedad en su conjunto. Una mayor difusión de sus tareas entre los ciudadanos, dignificará la figura del bibliotecario, generará nuevas conductas y mejores hábitos, facilitándose el logro tanto de metas, como de los objetivos que persigue la biblioteca pública como servicio básico de la comunidad.

En nuestro país son numerosos los compañeros que entraron en su día a trabajar en la biblioteca pública, sin formación académica (es decir, egresados de la licenciatura en biblioteconomía), y que con su esfuerzo y dedicación han llegado ser verdaderos profesionales, ya que la formación y el perfeccionamiento profesional dependen sobre todo de una buena disposición moral.

Es en el ejercicio de la profesión donde el hombre se inserta principalmente en el mundo; la ética profesional nos habla de la humanización de la vida social mediante el ejercicio de la profesión, donde la personalidad ética del bibliotecario, es el factor más importante de un buen ejercicio profesional, ya que la técnica o las distintas habilidades se pueden aprender y depurar solo si se tiene una buena actitud moral.

El otro aspecto que debemos recordar, es que los bibliotecarios somos responsables en diferentes grados y niveles de gestión, de bienes y recursos públicos. El hecho es que somos funcionarios públicos con prestaciones diversas, y la seguridad de un sueldo estable (insuficiente), que provoca a veces la conformidad cumpliendo los mínimos legales de horarios, tareas, esfuerzos y responsabilidades.

Recordemos que el pensador alemán Max Weber describió al funcionario como una persona que se limitaba a cumplir órdenes, aunque sabía que eran contraproducentes, descargando toda la responsabilidad en la autoridad; lo cual sería triste en los bibliotecarios, porque el suyo es en palabras de Julia García un oficio en el que es incomprensible el desamor.

De manera romántica decimos, que una biblioteca no se define por el número de volúmenes ordenados, o por la cantidad de espectadores que concurren a las actividades culturales, sino por la profundidad de los encuentros amorosos, de sus lectores con los libros, por lo que las cifras y las estadísticas no deben ser metas primordiales.

Regresemos a la pregunta de origen, información ¿para qué?, En la actualidad la cantidad de información que proporciona una biblioteca puede ser desmesurada, lo que produce confusión y desorientación en el usuario. Vivimos tiempos paradójicos, es irónico que nunca tanta información estuviese disponible para tantas personas, con una preparación cultural tan escasa para asimilarla. En alguna parte, Umberto Eco se refiere a esto, el exceso de información equivale al ruido. La censura ya no se ejerce por retención o eliminación sino por profusión. Todo el problema es pues llegar a filtrar esa sobreinformación, y hacerlo al instante porque ya no tenemos, para realizar ese filtrado, el tiempo de reflexión del que disponíamos antes.

Ante tal cúmulo de información, le corresponde al bibliotecario acompañar al interesado en la elección del material apropiado, al descartar datos para encontrar las respuestas precisas; lo importante ya no es difundir y multiplicar  la información, sino contribuir en la formación del ciudadano; pues el bibliotecario es un gestor de la información entre ella y el interesado, un intermediario que colabora en la capacitación del usuario como investigador, como productor de información adecuada y necesaria.

Esto sólo se consigue por medio del trato directo con el usuario, ya que el fin último de la Biblioteca Pública es ayudar a cada persona en la búsqueda de conocimiento de sí mismo y del mundo, mejorar en la medida de nuestras posibilidades la educación y el acceso amable a la información, ayudar a la autoformación de mejores ciudadanos, más libres, críticos, autónomos, tolerantes, solidarios y participativos, al conservar para todos los bienes públicos que tenemos en custodia.

(JAL)

agosto 24, 2009 at 8:53 pm Deja un comentario

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