Leer

Leer


Hay quienes dicen que:

hacerlo parado fortalece la columna,

bocabajo estimula la circulación de la sangre,

bocarriba es más placentero,

hacerlo solo es rico pero egoísta,

en grupo puede ser divertido,

en el baño es muy digestivo,

en el auto puede ser peligroso…


hacerlo con frecuencia

desarrolla la imaginación,

entre dos enriquece el conocimiento,

de rodillas resulta doloroso, en fin

sobre la mesa o sobre el escritorio,

antes de comer o de sobremesa,

sobre la cama o en la hamaca,

desnudos o vestidos,

sobre el césped o en la alfombra,

con música o en silencio,

entre sábanas o en el clóset

hacerlo, siempre es un acto de amor


no importa la edad,

ni la raza ni el credo,

ni el sexo, ni la posición económica

Leer es un placer.

Un libro es como un jardín que se lleva en el bolsillo

Proverbio árabe


El regalo de un libro además de obsequio, es un delicado elogio

Anónimo


Un libro como un viaje, se comienza con inquietud y se termina con melancolía

Anónimo


Algunos libros son probados, otros devorados, poquísimos masticados y digeridos

Sir Francis Bacon


No hay dos personas que lean el mismo libro

Edmund Wilson


El recuerdo que deja un libro a veces es más importante que el libro en si

Adolfo Bioy Casares



 

Saber leer

Por Ricardo Garibay


A. Leer es pasar los ojos, la voz, las orejas y el entendimiento por la escritura de alguien de mejores luces y ciencia que las propias.

De ahí, leer es un acto de humildad, de devoción, de reverencia. Es asomarse desde el hombro del insigne a un mundo velado hasta ese momento, vedado. Es el acto primero del hombre culto, es primaria civilidad sobre la cual habrá de levantarse mi participación en el espacio y tiempo que me pertenecen. Sobre los hombres de “vida más entregada a leer que a vivir” se construye el prestigio y la fuerza de las naciones que entran por derecho propio en los jardines de la historia. Debe afirmarse que hombre sin lectura es apenas él mismo, es a medias, bien mostrenco, sin dueño y sin destino. Y en esa ausencia de dueño él es el principal ausente.

Pueblo que no sabe leer no sabe ver ni oír ni hablar, menos aún sabe pensar y no sospecha los daños que le acarrea su mínimo diccionario ni cuánto de su barbarie o su tropiezo se debe al torcido sentido que pone en sus escasas palabras. Abecedario pedregal donde el amor no alienta nunca, no puede hacerlo.

Vía la más corta hacia la trastienda de toda actualidad es el balbuceo del gañán, su altanera ignorancia: la incubadora de trampas, demagogias y odios completamente de espaldas al espíritu: su enemistad hacia los libros, su bruta certeza de estar viviendo una verdad de tal manera evidente que no necesita comparaciones ni demostraciones. Y pueblos enteros hay que son gañanes.

Andrés Maurois titula uno de sus más finos trabajos: “Lectura, mi dulce gozo”. Y en los años de preparatoria nos decía Castellanos Quinto, a quien jamás pagaremos la deuda que nos dejó su mucha paciencia y sabiduría: “Lean, muchachitos, lean con toda seriedad, lean en voz alta, pónganle tonada a las palabras y léanlas cantando, escúchense. Es enorme el gozo de saber que de la propia y pobre boca sale de pronto, por ejemplo: ¡Canta oh diosa la cólera de Aquiles Peleidón…!”.

B. En los cursos de derecho romano tuve un maestro viejecito y muy burlón de los métodos universitarios de enseñanza. Llegado el examen nos llamaba de cinco en cinco. “A ver, jóvenes —decía— abran su libro de texto, y uno después de otro, comenzando por la izquierda, lean en voz alta la página setenta y dos.” Cuando acababa la lectura él decía: “Por supuesto, están reprobados. ¡En primer año de jurisprudencia y ni siquiera leer saben! Pero en fin, tomen otra oportunidad, para que adviertan que tampoco entendieron nada de lo que leyeron tan mal”. Y así era, no había uno que leyera una oración como Dios manda ni que —mucho menos— diera con el tema mientras lo destrozaba estropajeando.

C. Gañán es el extranjero en la letra impresa. Es muy difícil que un gañán diga la verdad públicamente. También es muy difícil que la diga en privado. Fundamentalmente es hombre que vive a sus expensas y sin freno; se saquea de continuo como quien echa una vez y otra neciamente el cubo al pozo seco; y como la lectura es cosa ética antes que cualquiera otra cosa, discipulado antes que nada, y él no se ha arrimado a la sombra de los mejores, no tiene voz maestra que le grite en su desenfreno: detente, espera, ya vas de nuevo “de tumbo en tumba”.

D. No es infrecuente que me busque algún joven.

—Quiero escribir.

—Mal cuento —digo.

— Porqué? Nada me importa sino escribir. Si usted me ayuda…

—Bueno, en tal caso aprenda a leer, primero —digo.

El chico se echa a reír, luego dice que sabe leer, no ha hecho más desde su nacimiento, se siente saturado de autores y le urge comen zar a escribir.

—Bien —le digo—, lea esta página en voz alta.

Sale sabiendo que no sabe leer y que deberá leer a diario en alta voz, escuchándose, siquiera dos o tres páginas de la Ilíada, o de la Biblia, o del Quijote, y que nos veremos dentro de seis meses, cuando él mismo no reconocerá su propia voz, ya redonda y atinada, horneada para siempre en ese tan breve tiempo en los más altos hornos.



 

Siete buenas razones para practicar la lectura


1. Contribuye al enriquecimiento personal al descubrir conocimientos y conductas reflejadas en la vida de los personajes, de ahí la importancia de la mimesis en la posible identificación entre el lector y los personajes.

2. La lectura ejercita la capacidad crítica de los lectores en la medida en que es una fuente de conocimientos que el lector debe asimilar, y sobre los que debe reflexionar y crearse una opinión.

3. Coadyuva a ampliar el caudal léxico de quien lee, así como a familiarizarse con las estructuras sintácticas más eficaces en cada momento compositivo.

4. Alimenta también la capacidad imaginativa y creativa de los lectores, con tendencia a crear mundos autónomos de significado.

5. La lectura lleva a la escritura, y viceversa, pero no necesariamente, de hecho no debe ser un condicionante.

6. Quien lee puede alcanzar ese disfrute inconcreto al que con tanta frecuencia se alude cuando se habla de el placer de la lectura.

7. Facilita la exposición de los pensamientos y posibilita la capacidad de pensar, de ahí que pueda considerarse un instrumento extraordinario para el trabajo intelectual.


Recibimos este mensaje vía correo electrónico, de una amiga de la Biblioteca que nos hizo el favor de enviarnos estas líneas que compartimos con ustedes, ¿Tienes alguna otra razón que quieras añadir?



 

El privilegio de leer

 Arturo Córdova Just


Agobia la crisis de rumbo, carecer de armas teóricas para vencer el mal de la coyuntura. Inflama de ansiedad saber que somos presas de decisiones que no son nuestras y afectan el ánimo de cada hora a lo largo de lo cotidiano. Es la tempestad y parece no haber nadie al timón.

Las ciudades se han vuelto un combate. Más que conductores agresivos, lo que hay es gente inerme, enfadada. No colaboran los medios, empeñados en el incremento del espectáculo (incluso en la muerte) y no en fomentar la reflexión sensible acerca de los fenómenos que nos invaden.

La economía es una de las puntas del iceberg, lo que se está produciendo es falta de sentido: sucesivas incoherencias en relación a lo nuestro. La abundancia en el consumo y el dispendio han fomentado la escasez de grandeza. La humanidad ya es pasajera, desechable. Sin respuestas, la sujeción es a la urgencia, al tropiezo, a actuar con premura y no con pensamiento. Nos ha faltado valor para enfrentar nuestra pérdida de lugar en el espacio.

Defraudando a Platón y Da Vinci, nos hemos quitado del centro. Ya no representamos a Dios ni somos la imagen del cosmos. Nos desvela la finitud y hemos sido arrogantes con la naturaleza. Se destruye por placer. Ante un panorama de guerra para siempre, habrá que regresar al más sencillo y difícil de los hechos: estar con nosotros, leernos.

En la incertidumbre, los libros juegan un rol estratégico, leer es un acto solitario y colectivo: compartimos Saber. Un signo de la historia es reubicar a los que nos precedieron y entenderlos para no Incurrir en idéntica chapuza con nosotros y con el de al lado. Leer es una actividad lúdica: gozo y extrañamiento de descubrir lo que no sabíamos.

Un lector no está solo en el mundo. Como él, alguien está desvelado por un Ideal o dando vueltas alrededor de una pesadilla. Leyendo se corrobora que la distancia no nos separa. En Madrid, Afganistán o Tlaxcala existen quienes también se desvelan por el amor y la justicia.

Leer bien es la vía, casi perfecta, de reunir a los opuestos, de desmontar la arrogancia de creer en lo indivisible cuando somos (cito al filósofo Jorge Juanes) lo uno-diverso. El lector recobra el pensamiento de aquel y de aquellos. La lectura nos defiende de la premura de gente que desconoce el lugar al que desea dirigirse.

Leer concentra: elimina violencia, facilita experimentar el existir en multiplicidad de ángulos, da la certeza de que no hay ni verdades ni soluciones únicas y, en cuanto a lo que nos incumbe, aclara que nadie está por encima. Aunque obligados a ellas, las soluciones no sólo están en los gobiernos, sino en nosotros y en las personas que pasan.

Para vivir se apela a la imaginación, al aterrizaje, una y más veces, en diversos campos temáticos. No amilanarse por la presión del ahora o nunca, sospechar de cualquier correo con la palabra urgente. Lo urgente es una variante del secuestro.

La ventaja de un lector atento es topar con el peso del tiempo. Se percata de que, por ejemplo, entre el Renacimiento y nosotros hay un instante. Estamos, aunque no lo creamos, en la misma era que Diógenes Laercio. Un lector inventa soluciones que no tendrán aspectos violentos, indaga en el conjunto y reconoce las unidades. Sitúa en contemporáneos a hombres y mujeres que vivieron siglos atrás. Actúa por sí mismo, no por lo que, a modo de noticia, publicitan los medios.

Un lector adquiere la ventaja de desplazar a los gurús. Su trato es con iguales. El privilegio, al ser un buen lector, es dimensionar el pasado y el presente, encender su cabeza y elegir a partir del conocimiento, no de la ignorancia.


Arturo Córdova Just, poeta, Cordovajust@yahoo.com



 

El derecho a leer lo que nos plazca

 (Fragmentos)

Por Juan Domingo Argüelles


Las preferencias de lectura, al igual que otras tantas, constituyen elecciones vitales, son parte de nuestros derechos humanos. No importa que haya personas que no estén de acuerdo con ellas o que exhiban preferencias totalmente opuestas, en tanto no nos impidan disfrutar las nuestras.

Incluso el hecho de reprobarlas, censurarlas o despreciarlas, obviamente de manera ofensiva, constituye una agresión y acaso un intento de coartar esos derechos muy nuestros. Las preferencias de lectura son, en este sentido, como las preferencias de amistad y profesión, como las preferencias sexuales, como los gustos más íntimos y más personales, y nadie debe arrogarse ningún poder (ni siquiera el del prestigio cultural) para incordiamos por ellos.

Lo que digo no es para provocar a nadie, sino que estoy convencido de una cosa que, por lo general, los discursos bienintencionados no dicen: por principio de cuentas, que no todo el mundo quiere ni puede ser lector de libros y que algunos adolescentes y jóvenes son felices con los videojuegos, la Internet, la música, el cine y la conversación y que leen pocos libros, sin que en ello les vaya la vida, y que son muy desdichados cuando los envenenamos o los hacemos reventar con la monserga de que deben dejar de hacer lo que están haciendo —y que es lo que más les gusta—, para ponerse, de inmediato, a leer libros.

Casi no tengo duda de que en este tema de la lectura hemos equivocado el camino, a fuerza de estar imponiendo todo el tiempo lo que para nosotros los lectores es, literalmente, el paraíso, sin considerar que hay muchos otros paraísos en los que nosotros no hemos entrado y, posiblemente, nunca entraremos, sobre todo porque estamos convencidos de que no hay más paraíso que el de los libros.

Este es un discurso muy común, incluso entre quienes leen pocos libros, pero que de cualquier forma están “convencidos” (eso dicen al menos) de que deben leer más y conseguir prosélitos y acólitos, todo lo cual es absurdo porque nadie que no sea lector entusiasta puede conducir a otros por la senda de la lectura.

Tanto los vicios como las virtudes son inculcados por viciosos y virtuosos, respectivamente, y aunque haya acciones nefastas o felices que, por hartazgo, nos lleven a sus antípodas, siempre será excepcional saber que alguien se hizo bebedor a la sombra de un abstemio o que alguien adquirió el don de la templanza gracias a frecuentar a un energúmeno.

Cuando apareció mi libro Leer es un camino, algunos periodistas españoles me buscaron con insistencia para que ampliara mis opiniones sobre “el derecho a no leer”, y todo porque en ese momento ellos habían hecho un escándalo doméstico a raíz de que Victoria Beckham confesó que no leía libros o, más exactamente, que nunca había leído un libro completo (ni siquiera la biografía de su marido, el futbolista más publicitado del mundo), pero que, además de todo, leer no le fascinaba. ¿Por qué asusta tanto a la gente esta expresión del “derecho a no leer”? Porque los asustadizos —digan lo que digan— son como los puritanos: cometen muchos pecados pero se espantan de los pecados que cometen los demás.

Si realmente deseamos que la gente lea, o lea más, hay que abandonar el tipo de discursos autoritarios y despreciativos. Todo buen mediador lo sabe, hasta que se convierte, inexplicablemente, en un mal predicador. El siguiente caso, ejemplarmente polémico, puede ilustrar perfectamente las intransigencias que ocasionan los dogmas en el sagrado tema de la lectura. Ningún libro que sea realmente aburrido vende más de 40 millones de ejemplares en el mundo. Ejemplo de esta afirmación es el thriller El Código Da Vinci, del estadounidense Dan Brown.

Las 557 páginas de esta novela de suspense —con una trama policíaca y de especulación histórica, hagiográfica, bíblica, artística y aun mitológica—, se leen del modo más ágil, gracias a los guiños efectistas de un narrador que sabe captar la atención de su público bajo el principio rector del morbo literario que él mismo revela, con una frase que no admite discusión, en la página 469 del mismo libro: “A la gente le encantan las conspiraciones”.

Dan Brown es una máquina perfecta de la industria del best seller. Siembra dudas y especulaciones en torno de las motivaciones políticas de la Iglesia; establece relaciones simbólicas en las obras maestras de la pintura, como las de Leonardo Da Vinci (La Mona Lisa, La última cena, La Virgen de las Rocas, El hombre de Vitrubio, etcétera) y otros grandes artistas y pensadores (Botticelli, Newton, Nodier, Victor Hugo, Debussy, Cocteau, ¡y hasta Walt Disney!) que algo han tenido que ver, presuntamente, con los Caballeros Templarios, el Priorato de Sion y el Santo Grial.

Si como ha comprobado fehacientemente Brown, a la gente le encantan las conspiraciones (en las que el Vaticano, el Opus Dei y, en general, la Iglesia Católica se han dedicado a esconder las claves de una presunta Gran Verdad que pondría en peligro sus preeminencias y sus poderes), El Código Da Vinci no podía ser sino el éxito de ventas que ha resultado ser, gracias desde luego a una narración amena, porque el principio de todo libro de éxito masivo reside precisamente en no aburrir a sus potenciales lectores.

De ahí a concluir que éste es un gran libro hay por supuesto mucho trecho: El Código Da Vinci no es una gran novela; es sólo un entretenimiento lleno de lugares comunes, con unos diálogos bobos por momentos y, eso sí, con todos los ingredientes del buen best seller: intriga, poder, crimen, enamoramiento, secretos más o menos nebulosos, riesgos, acertijos y un gran etcétera de procedimientos que lo mismo conocen J. K. Rowling para Harry Potter, que Stephen King, para sus múltiples libros ampliamente solicitados por el público. En estos terrenos nadie podría negarles sus maestrías.

El gran escritor húngaro Stephen Vizinczey ha afirmado con gran lucidez que “ningún escritor ha logrado jamás complacer a lectores que no estuvieran aproximadamente en su mismo nivel de inteligencia general, que no compartieran su actitud básica ante la vida, la muerte, el sexo, la política o el dinero”. Por ello, “el best seller más ramplón tiene una cosa en común con una gran novela: ambos son auténticos”. Sólo los que olvidan esto desprecian moral y estéticamente a los lectores de best sellers. La lectura no es jamás un acto sin contexto, y Dan Brown y El Código Da Vinci constituyen la más palpable prueba de ello.

Una propuesta de conclusión provisional puede ser la siguiente: son los lectores y los editores los que mantienen vivos a un escritor y a un libro. Para decirlo pronto, un escritor está vivo —aunque esté muerto— si sus libros se reeditan y se siguen leyendo con pasión y con entusiasmo que no menguan. Un escritor está muerto —aunque esté vivo— si ya nadie lo lee y si los editores no se interesan en ponerlo en circulación, la última palabra sobre una obra y sobre un escritor la tienen los lectores.

Leer es algo más que una destreza y una habilidad. La lectura no es un dominio exclusivo de la escuela ni una capacidad que, por fuerza, se alimente de escolaridad. Todo comienza con el alfabeto, pero no todo alfabetizado se vuelve lector habitual, ni todo universitario hace de los libros su pasión.

Seamos un poco más humildes: el reino de la lectura es un asunto de individualidad y ciudadanía, pero no moralicemos ni polaricemos. Leer no es ni será nunca un grado académico: puede ser un destino y acaso una elección, pero sin duda es una lujosa ociosidad, una feliz desocupación.


Antimanual para lectores y promotores del libro y la lectura –La utopía y el imperativo de leer- pág. 304-311 (selección) de Juan Domingo Argüelles editado por Océano, México 2008.



 

Lectura apasionada

 Por Fernando Savater


Lo confieso sólo soy un lector, lo demás es miseria o corolario. Y el lugar de un lector, su palacio, su aula y su palestra es la biblioteca. He leído que algunos aprenden grandes cosas sobre el universo y nuestras servidumbres para con él bajando a las cloacas o convocando a los dioses: por mi parte, sólo puedo decir que leí su testimonio junto a muchos otros y eso me basta. Supongo que tendrán razón, lo mismo que tengo una para no haberlos imitado. De modo que si me inquieren sobre qué libro o libros me llevaría a una isla desierta no sé cómo contestar porque la única isla desierta que conozco –desierta de adláteres pero abarrotada de íntimos fantasmas- es precisamente la biblioteca en la que moro desde que tengo uso de razón, o lo que es igual: capacidad de leer.

Mi biblioteca ideal se confunde, pues, con mi biblioteca real, convertida por la fatalidad del apasionamiento en el ideal real de mi vida. Y para hablar de mi biblioteca como es debido tengo que empezar por el hecho que más la caracteriza: su desorden. No es un desorden completo, un pleno azar, el caos. Sería una empresa titánica yuxtaponer los libros sin consentir en su vecindad rastros de afinidad o simpatía. Desordenar por completo una biblioteca ha de ser aún más difícil que ordenarla del todo (también desordenar es ordenar al revés, para lo cual hay que conservar un orden intencional en la cabeza y la voluntad de contrariarlo en la práctica; esa coacción favorece mil formas nuevas de orden rebelde que subvierten el desorden establecido: si intentamos corregirlas en un estante provocamos otras nuevas en los demás, etcétera). No, el desorden de mi biblioteca no es perfecto ni buscado, sólo se trata de un orden fracasado al que derrotaron poco a poco la incesante acumulación de novedades y la pereza de su gestos: un desorden como el del universo, para que ustedes me entiendan y que me perdone Borges el guiño a su inolvidable biblioteca de Babel.

Agobiados bajo excrecencias incontrolables y ramificaciones caprichosas quedan aún vestigios del orden primigenio, algo así como núcleos de emoción que estructuran vagamente el conjunto uniforme, orientando un poco las pesquisas de mi desmemoria aunque de modo reiteradamente falible. Supongo que puedo considerar como los libros más importantes para mí aquellos cuya ubicación no he perdido del todo, los que estoy aún seguro (¿seguro?) de que podría encontrar si quisiera, en torno a los cuales por vago parentesco va cristalizando el resto más y más indómito de la biblioteca. Puedo muy bien, por ejemplo, localizar hacia los estantes centrales la obras completas de Robert Louis Stevenson, en la edición de veintitantos volúmenes rojos con lomo dorado que preparó a finales del siglo pasado la casa Scribner’s Sons (junto a ellos, como un minúsculo remolcador entre grandes tránsatlánticos, el librito de la colección Pulga que contiene La isla del tesoro, donde leí por primera vez la rara historia de amistad entre Jim Hawkins y John Silver). Y sé que encontraré cerca las múltiples advocaciones de Moby Dick, mi novela predilecta y el mito elementalmente trágico –elemental por el antagonismo entre cosas naturales y voluntad humana- no por lo primario- en torno al cual he dispuesto los símbolos de mi vida. Poseo la novela de Melville en múltiples traducciones y formatos, presididos por la gran acuñación llevada a cabo por University of California Press, entre las que cuenta con mi especial cariño la publicada por el anarquista Juan Gómez Casas en Aguilar tras varias décadas de cárcel franquista y que quiero suponer realizada durante esta estancia en el vientre mismo del Leviatán.

Cuando gozaba mis diecisiete años concebí que mi amor a la literatura brotaba de un cuádruple principio de razón suficiente: Giovanni Papini, H.G. Wells, Oscar Wilde y Edgar Allan Poe. A los cuatro los sigo teniendo bien localizados en la biblioteca y en la memoria, aunque sin duda mi amistad con el primero es la que hoy me presenta mayores dificultades (a los otros tres me resulta inverosímil concebirlos menos queridos ayer, ahora o nunca). Supongo que Papini fue el primer Borges de mi vida, o mejor un San Juan Bautista vociferante y capitidisminuido que anunciaba el advenimiento del Ungido por la gracia que supera la escisión entre literatura y filosofía. Pero Papini no es en sí mismo un autor desdeñable y aún está presente en mi, sobre todo en mis intemperancias y cuando estornudo teológicamente… Luego llegó Borges y nada fue ya lo mismo. Emir Rodríguez Monegal cuenta su revelación del maestro con un hiperbólico “entonces acabó para mi la literatura y empezó Borges”. No voy a decir tanto y sobre todo no voy a decirlo igual, aunque sin duda del descubrimiento de esa forma de leer y de decir nunca me repondré afortunadamente del todo. Hay escritores sin cuya frecuentación habría disfrutado mucho menos o sería mucho más imbécil: sin Borges habría sido otro escritor… o ninguno.

Vuelvo a mis estanterías y reencuentro a los amigos seguros, los que no dejo que se me pierdan, la turba famosa y variopinta: Valle–Inclán y Lovecraft, Conan Doyle y Guillermo Cabrera Infante, Navokov, Octavio Paz y Kafka, Santayana, Thomas Bernhard, Tolkien, John Dickson Carr, Leopardo, Chesterton, La muerte de Iván Illich de Tolstoi, Bertrand Russell, los artículos de Larra y los sonetos de Quevedo, Spinoza…

¡Qué buen apetito, como de todo!, ¡Me fastidian los remilgados –que siempre leen con el meñique levantado como si estuvieran tomando té con la reina- y los especialistas, esos vegetarianos de la literatura! No he mencionado a Shakespeare pero ¿acaso esperan ustedes que les recuerde que como Shakespeare no hay ninguno? Ni que fuera yo Harold Bloom… También he olvidado a Platón, Aristóteles y Homero: concédanme la merced de recordarlos por mí. Y por favor, no crean que tengo nada contra los germanos, aunque mis alemanes preferidos (Lichtemberg, Schopenhauer, Nietzsche) no les regatearán sus fraternales zarpazos.

Faltan los franceses, ¿verdad? Ahora voy a explicarlo. En mi biblioteca, los autores que escriben en francés están todos juntos o vecinos, sea cual fuera su género, incluso a pesar de las diferencias del aprecio que les profeso. Y eso porque la importancia en mi vida literaria de la lengua francesa es incomparablemente mayor que la de cualquiera de los escritores que la han ejercido. Leer en francés ha sido, es y será el más dulce y provechoso vicio con que disfruto: antes dejaré de leer en castellano, incluso antes dejaré de leer que prescindir de leer en lengua francesa. Digo leer, porque nunca he tenido capacidad ni he sentido tentación de escribir una sola línea en otro idioma que el mío. No, al francés le devuelvo en castellano el placer que siento paladeándolo: y gracias a leer en francés no escribo castellano del todo mal, es decir, como los castizos. Por lo demás, ya sé que en francés hay escritores y escritores: el primero de los míos es Montaigne y el segundo Cifran; después los moralistas del Gran Siglo, Voltaire, Diderot, Rousseau y madame du Deffand. ¿Novelistas? Stendhal, Flaubert y –como única originalidad plebeya- la preferencia por Anatole France frente a Proust. Sin sorpresas entre los poetas: primero Baudelaire, luego Rimbaud y de postre Válery. En el ensayo contemporáneo tantos, tantos, como el entrañable limitado Albert Camus y el Sartre de los formatos reducidos a la cabeza. Concluyo mencionando dos amistades íntimas, que en España creo que sólo comparten los happy few: Climent Rosset y Rogelio Caillois.

Dejémoslo aquí: no lo he dicho todo de todos pero ya está todo dicho. No voy a recomendar a nadie la lectura como no pretendo aconsejar la dulce y fiera práctica del coito o la degustación de ese amigo de los hombres, el vino. Toda pasión tiene sus peligros y sólo los idiotas sueñan con su vida apasionadamente segura, como sólo los exangües buscan una seguridad apática. Quien no quiera mojarse que no aprenda a nadar, ni se atreva a amar o a beber. Y que no lea tampoco o que sólo lea para aprender, para destacar, para hacerse sabio o famoso, es decir, para seguir siendo idiota. El que valga para leer, leerá: en pergamino, en volumen encuadernado en piel, en libro de bolsillo, en hoja volandera o en la pantalla del ordenador. Leerá por nada y por todo, sin objetivo y con placer, como quien respira, como quien se embriaga o enreda sus piernas en las de alguien apetecible. Sólo eso importa, cuando la pasión manda. Y así he leído yo no toda mi vida pero sí en los mejores momentos de mi vida. Ahora retrocedo un paso y acaricio con los ojos esta sobrecargada biblioteca con la que vivo, en la que vivo. Es como la farmacia de un viejo alquimista, donde pueden buscarse analgésicos y afrodisíacos, tónicos y conjuros diabólicos, visiones de gloria o pesadilla y la seca agudeza descarnada que desvela lo real. Ya es hora de volver a ella.


Loor al leer, pág. 34-57, editorial Aguilar, colección Crisol, 2008.



 

“No hay libros difíciles, hay lectores estúpidos”


Entrevista con António Lobo Antunes, escritor portugués ganador del Premio FIL de literatura en lenguas romances 2008, que se celebra en Guadalajara.

Por Dolores Garnica

Un cigarro Gigante entre los labios. Lobo Antunes mira a los ojos e hipnotiza. Enciende otro Gigante cuando se cambia de lado el casete de la grabadora, pide que le repitan la pregunta en forma más pausada y a mayor volumen.

¿Le sabría diferente el premio si se hubiera llamado Juan Rulfo?

Este año me han llegado varios premios en Chile, España y Portugal, pero el FIL es especial por México, donde me han tratado con una ternura que me ha conmovido mucho. Me encantaría vivir aquí en Guadalajara, lo he pensado, la ciudad, el clima y la gente son maravillosos. Ahora, leí Pedro Páramo cuando tenía 20 años y no entendí nada, a los 30 lo leí otra vez y tampoco entendí nada, después compré una edición crítica, y es que no entendía que todos estaban muertos y no tenía ningún sentido. No hay libros difíciles: hay lectores estúpidos, y yo fui un lector estúpido de Rulfo. Ahora lo entiendo y es una maravilla. Me sorprende que lo haya publicado a los 35 años y que después haya parado porque, en mi caso, cuando no escribo me siento culpable; leo todo el día. Los premios no mejoran tus libros y, si me dices el nombre de los jurados, te diré quién ganará el premio; lo importante es que estés contento con tu trabajo, satisfecho, que hiciste lo mejor que pudiste.

Ha dicho que escribir es transformar la sangre en palabras…

Escribir es una cosa un poco idiota, tiene una dimensión infantil. Comencé a los cuatro años, cuando enfermé de tuberculosis y pasé cuatro años acostado y, estando todo el día solo, comencé a escribir. El problema viene después, cuando comprendes qué es escribir bien y qué es escribir mal. Además, cuando empiezas a leer te das cuenta de que lo que haces es una mierda y que te quedas en la espuma de las cosas. He escrito los libros que me apetecía leer, el problema es que no los he leído.

Cuando comienza un libro, ¿sabe qué pasará?

No sé nada. En los primeros libros hacía planes muy detallados, allí sí sabía qué pasaría, pero después comprendí que los libros tienen vida propia e independiente de su fisonomía, su temperamento y carácter no son los míos. Uno sigue al libro, y a veces ni siquiera es lo que tú quieres, aunque el problema real es con las palabras, porque hay que saber cómo utilizarlas y además, porque hay algunas que han sido hechas para no utilizarse, como los adjetivos o los adverbios. Me es difícil escribir y cada vez soy más consciente de que estoy aprendiendo, que hay muchos problemas que se plantean, como cuándo un libro está terminado. Un pintor francés decía que un cuadro nunca está terminado: está definitivamente inacabado.

¿Qué siente mientras escribe?

Bueno, ahora estoy corrigiendo, y lo que hago es leer en voz alta y haciendo una voz como de personaje de Disney; sólo así la mierda flota, desprendiéndose del texto. No doy consejos a nadie, pero, si quieres escribir y se preguntan por eliminar algo, elimínelo, Chaplin decía que un filme es como un árbol que hay que sacudir, eso pasa con los libros. Y es que sólo hay que preocuparse por la eficacia del texto; eso de querer escribir y que todos se enteren de lo inteligente que eres, como Nabokov, no funciona, hay que ser implacable y sufrir lo escrito, como Flaubert, quien sufría porque moriría antes que madame Bovary…

António Lobo Antunes nació en Lisboa en 1942, es considerado por muchos críticos del mundo como uno de los escritores vivos más importantes y desde hace algunos años firme candidato al premio Nóbel de literatura. Médico psiquiatra, sirvió en el ejército portugués durante la guerra de Angola que definió su destino y carrera como narrador. Su obra extraordinaria comprende unos 24 títulos principalmente de novelas, crónicas y correspondencia, poesía y literatura infantil.


(Tomado del periódico Milenio, martes 2 de diciembre de 2008.)



 

Leer  por Luis Cardoza y Aragón


Luis Cardoza y Aragón. (Guatemala, 1901-1992) Escritor, ensayista y poeta Guatemalteco, afincado, por razones de exilio político, y fallecido en México. Parte de su juventud la pasó en París. Asimiló con toda su fuerza el movimiento surrealista, del que tomó las actitudes de ruptura estética y política, que luego conciliaría con una sensibilidad barroca de tipo americano y tropical, así como por la admiración militante hacia la revolución mexicana y su arte característico, la pintura de los muralistas.

A continuación te presentamos un poema en prosa de su autoría.

No me gusta que me lean; necesito leer yo mismo. Paladear las texturas, aunque lea mal para los otros. No leo para los otros. Si otro me lee es como si fuera voyeur, en vez de amante y vidente.

Lee mal para mí el actor. Lo siento embebido en su empeño de actor, y no en la poesía. Vestigios de ella escapan a su pericia elocutiva. Se salvan a pesar de todas las tramoyas. Los poemas son personajes en busca de lector.

Y si me lees el poema como si leyeras el periódico, te lo agradecería, aunque no quedara satisfecho. Al leer yo mismo, mis ojos y mi memoria retroceden a estrofas o líneas anteriores o de poemas no escritos. Y de esa organización que fundo emergen los tesoros secretos. Sin mover los labios mentalmente, hago pausa y levanto mi fábrica de música y significaciones ajenas a las palabras que leo. Entonces no sé si estoy leyendo: voy como más adentro, por camino propio. Es el poema el que me sigue. El que intenta leerme. El que me lee.

Cuando siento que el poeta me lee, cuando es mi satélite, descubro que sabe decirme algo. Aquel otro tiene metáforas en cada línea, como un prestidigitador de quien ya conozco los trucos para sacar conejos o listones de colores. Y como lo esperaba, como ya sabía por su disfraz de mago lo que haría, me deja impertérrito, y hasta un poco rencoroso. El atuendo y los reflectores sólo ponen tedio sobre su bullicio.

El poema es siempre intuido de distinta manera. Cambia de forma, de color, de resonancia, según la luz de mi ánimo. Mi ánimo lo hace poema aunque esté hecho. Lo corta y lo pone en el florero. Lo echa a volar. Sin la lectura yace olvidado de sí. Su ser no es amado. Al amarlo se enardece, solloza o clama, afirma, necesarias todas sus palabras.

A muchos poemas les sobran palabras, líneas. En todo un bloque hay a veces palabras inesperadamente reunidas, imágenes que abren un infinito hasta entonces ignoto. Me trago el fárrago por aquel instante de pez en el cielo. A veces, el fárrago fue obligado para provocar, por fin, una deflagración.

Poesía obesa o adiposa. No hay paseo por el bosque maravilloso. Es un marcar el paso autómata, triste y sobrante. Se advierte que dentro del mecanismo no hay estilo. El estilo no es mecanismo. Mecanismo, ese amontonar sentencias que aun con escasa imaginación, se podría prolongar hasta mayor aburrimiento. Nada es inútil en la línea esbelta: sobre todo, los tácitos silencios. Un surtidor de pájaros con velo más insigne que la decoración imaginista. No hay decoración.

Irrepetible es el poema: cabal en sí, sin fin e interrumpido, nace de cada lectura. Movimiento perpetuo. Se consume en su propio fuego y torna a renacer porque guarda potencia a la cual la nuestra revela. Rebela.

La intensidad de un poema depende también del lector. Un lector de poesía lo crea diferente cada vez que lo ama. El mismo amor siempre distinto. Nunca se repite la lectura del mismo poema. El hallazgo es otro. Se repite un acto mágico que produce e incandesce nuevas florestas de los íntimos cielos ocultos.

El lector no es el mismo siempre: tan vario como el poema. La coincidencia entre ambos difiere en profundidad. A veces hay bifurcación: no se encuentran. La calidad del poema no depende sólo del lector: es un hecho en sí. El lector es un canto rodado pulido por la poesía. Como el poema el lector se forma por intuición y disciplina. Por genio poético. La calidad del lector es un hecho en sí. El poema se pule con los cantos rodados. El río se pule con los peces, como los peces con el río.

El poema allí está, múltiple, tal cual es. Le doy alas poderosas de reflejos inauditos. Limpio la pátina de rutina que dejaron generaciones, y el poema es irreconocible hasta para su autor ignorante de los ecos que despierta: se equivoca con sus criaturas. En donde estaba seguro de que saltaría una conmovida y profunda percepción unánime, mis ojos pasan sin entusiasmo, cumpliendo una órbita acaso necesaria.

El poema tiene sus momentos. Sus cimas instantáneas. La frecuencia de ellas: su intensidad. Leerlo es desnudarlo para que surja el portento. Sus galas son hermosas o modestas, coloridas, vibrantes, apagadas u opacas. Llegar a su misterio móvil, fluido, sin término escurriéndose como jabón solar. Bajo la burda tela, qué cuerpo tan bello. Qué precario cuerpo escondían las galas.

Su tiempo y espacio son centrípetos. Me arrastran en sus vórtices hasta el ombligo siempre más remoto. Allí empieza otro invertido cono redondo de proporcionada fuerza centrífuga. Clepsidra en la cual, simultáneamente, la eternidad fulge en rumbos opuestos. Tal conciliación de lo inconciliable me da la suprema, emocionada alegría pensativa de la palabra que danza. Está despierto mi deseo metafísico. Descifra las nubes que me descifran. Soy las nubes. Saca agua cristalina de mis peñas estériles. Hago cielos por mis bordos rotos. Ignoraba esos veneros que se manifiestan milagrosos e increíbles, al hacer el amor y el odio, como los soles del poema.

Algo veo y palpo la concreta forma asunta en mi pasado, mi presente y mi profecía. Leo con todo el cuerpo. Se vive en el tiempo reunido en sus tres presencias. Unidad absoluta. Espacio y tiempo se biselan con tal culminación. La palabra está en su colmo, yéndose aún más lejos y más alta. Por la alquimia de su ayuntamiento sus más remotas estrías aparecen de golpe en inacabables significaciones que las sobrepasan. Siempre son desconocidas, oscuras y secretas. Al conocerlas, encenderlas y revelarlas, estoy conociéndome, revelándome.

Leer es perderse. Desbordar las corrientes que se encauzan por mis meandros. Encontrarme con el otro. Una simiente de sueño ha caído en mí cantando en círculos que eluden mis lindes elásticas. Simiente si miente dice verdad. En ondas me diluyo de pronto con aristas de mármol o luz negra. Ya no hay otro yo mismo. Soy todos yo mismo. Todo yo mismo. Estoy en el laberinto descifrándolo, confundido con mi propio laberinto. Un solo laberinto sin hilo.

A veces, la poesía me atraviesa sin huella, sin irisación alguna. Vacío muerto. Naufragio. Como si no estuviera escrita. No hay lector. Ni yesca ni pedernal. Mi prisma descompone la luz del poema, rica de más colores que la luz que conozco. Me asomo narcisistamente e invento mi imagen, o me sorprendo de que no hay reflejo alguno. Toco el espejo y no se me mojan las manos. Me niega el espejo: no sé crearlo. Espejo generador de imágenes distintas, porque yos distintos se asoman a él. Muro de rebote. Si no le ofrezco tal fertilidad, las pelotas no se vuelven pájaros. Hay diálogo, de imágenes. Se ha creado nuevo lenguaje. No es el del poema ni es el mío. El poema se ve en mí. A la vez que en él me veo. Si monologo —sólo con mi propio lenguaje—, no estoy leyendo. No estoy descifrando ni descifrándome. Si monologo sólo con el lenguaje del poema, soy mal lector.

A un poema no se le comprende o lo que en él se comprende es lo innecesario. Tengo que esclarecerme con la oscuridad deslumbrante del poema oscuro. Porque estoy danzando con música que no es la mía, me siento grotesco y descompasado. Ausentes, mi agilidad, mi posibilidad de levitación y ubicuidad. Lenguaje danzado de las abejas.

El poema puede comprenderme; es decir, quitarle ventajas a mi momia. Animarla. Rana galvánica que carga la pila. Tu mundo orgánico y el mundo mineral sólo son uno. En mí están, por fin, en la Quinta estación, los tres reinos y los cuatro elementos. Por fin, es real la realidad. Hacer la realidad es el sueño de la poesía. El sueño de la realidad. La realidad del sueño. La poesía de la realidad y el sueño. La realidad y el sueño de la poesía.

El disco es ciego, mudo, pavonado. Su noche está cargada de tormentas o nuevas constelaciones. Me incumbe hacerlo cantar. De mi acústica depende la amplitud del espacio que adentro me abre. Mi percepción inagotablemente otra —a veces más alto el voltaje, a veces más bajo—, desentraña el caudal, mi resonancia. Hay días nebulosos para recibir la poesía.

¿Por qué me haces caso? Nada es cierto de todo lo que he dicho. La verdad de la poesía siempre está en otra parte. Hacia ella empezaba a encaminarme, girando en el mismo sitio, peonza lúcida de nostalgia del infinito. Y sigo bailando inmóvil, estatua de sal por haber vuelto la cabeza hacia la tierra prohibida de la que nunca terminaron de expulsarme. Expulsión lograda y fallida. Un eco que no se amengua en otro eco, sino que conserva su vigor o lo acrecienta: a cada bote salta más arriba del punto desde el cual se desploma. Discóbolo, he perdido el disco ciego, mudo, pavonado, al lanzarlo: alumbré nueva estrella en nueva constelación.


(Tomado de “México en la Cultura”, núm. 301, revista Siempre!, 27 de noviembre de 1967).

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