Bitácora

Libro y lectura hasta la sepultura

Compiladores  Enrique Rivas Paniagua

y Ofelia González  Xochitiotzi

col. El país de siempreleer

Ed. Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, 2009.


Les ofrecemos una selección de frases sobre el libro y la lectura, obra editada para conmemorar el Día mundial del Libro y los derechos de Autor.


Aforismos


Si tienes una biblioteca con jardín, lo tienes todo.

Cicerón

El mundo es un libro, y quien no viaja, sólo lee una de sus páginas.

San Agustín

El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho.

Miguel de Cervantes y Saavedra

Un libro es como un espejo, si un mono se asoma a él, no pude ver reflejado a un apóstol.

Georg Christoph Lichtenberg

Busca en la tierra tu alimento, y en el libro tu libertad.

Roberto Montenegro

Después del placer de poseer libros, no lo hay más dulce que el hablar de ellos.

Charles Nodier

Se puede decir que los libros se hallan dotados de naturaleza inmortal, duran más que todas las demás producciones humanas.

Samuel Smiles

La mujer es el libro cuya lectura no debe terminar nunca.

Gutierre Tibón


Frases y citas


El hombre es el libro. El libro es el hombre que lo lee. Esto explica que los libros vibren cuando los ojos lectores recorren sus palabras.

Raúl Renán (poeta)


Un buen libro lleva al hombre de la mano y lo conduce por cuatro caminos hechos de sabiduría, piedad, delicia y enseñanza. Una sola de aquellas cualidades justifica un libro; dos, sumadas hacen un libro bueno; tres, excelente, y las cuatro son ya obra del genio.

Thomas Fuller


Está muy extendida la opinión de que cuanto se lee en los viajes debería ser de lo más ligero y superficial, tonterías para pasar el tiempo. Yo no he comprendido nunca esto. El Quijote es un libro universal. Es precisamente lo apropiado para el viaje. Escribirlo fue una audaz aventura, y la aventura receptiva que significa leerlo es pareja a las circunstancias.

Thomas Mann


Cuando se muere, todo el mundo debe dejar algo detrás. Un hijo, un libro, un cuadro, una casa, un jardín plantado. De modo que tu alma tenga algún sitio a donde ir cuando tú mueras. Y cuando la gente mire ese árbol o esa pared levantada, tú estarás allí.

Ray Bradbury


Cuando un libro se inicia como La metamorfosis de Kafka, proponiendo “Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontrose en su cama convertido en un monstruoso insecto”, al lector, a cualquier lector, no le queda otro remedio que decidirse, lo más rápidamente posible, por una de estas dos inteligentes actitudes: tirar el libro o leerlo hasta el fin sin detenerse.

Augusto Monterroso


La idea de estar rodeado totalmente de libros ha sido siempre una idea que se me antoja maravillosa. E incluso, privado por mi ceguera de la posibilidad de leerlos, siento una profunda felicidad por su cercanía y su contacto.

Jorge Luis Borges


Tal vez sólo en la infancia los libros ejercen una influencia profunda en nuestra vida. En la vida posterior los admiramos, nos entretienen, podemos modificar criterios que ya sustentábamos, pero es más probable que encontremos en los libros únicamente una confirmación de lo que ya ocupa nuestra mente. ¿Qué extraemos hoy de la lectura que pueda equipararse a la emoción y la revelación de aquellos catorce primeros años primeros?

Graham Greene


Divertir al lector es una de las tareas más difíciles de la literatura. Es absurdo restarle importancia a un libro por ser divertido o humorístico. A fin de cuentas, las mayores novelas del siglo veinte son obra de bromistas macabros: Kafka, Joyce, Mann, Nabokov, Borges.

Juan Villoro


Un diccionario es un libro especial. Un libro que se abre muchas veces, pero que nunca se acaba de leer. Un libro de gran orden que se lee en desorden. Que tomó años y años para ser terminado y que el lector hojea en un par de minutos. Un libro lleno de todas las palabras para sólo buscar una. Un libro que ha desecho el orden natural de este mundo para rehacerlo en un orden arbitrario llamado alfabético. Un libro carente de imaginación, pero que desata la imaginación. Un libro sin pasiones. Un libro a secas. Un libro, libro. Un libro dogmático al cual nos acogemos a ciegas: nadie negaría un dato de un diccionario. Un libro de autoridades que, entre todas las palabras, tiene la última palabra.

Angelina Muñiz


Proverbios y refranes sobre el libro y la lectura.


Amigos y libros: pocos, buenos y bien conocidos.

Con los libros, como con los amigos: buenos y pocos.

Contra tristura, buena lectura.

Cual somos y leemos, tal vida hacemos.

Cuando viaje, lleve un libro en su equipaje.

De leer sale el saber.

Dime lo que lees y te diré lo que te crees.

El buen libro, de las penas es olvido.

La buena lectura distrae, enseña y cura.

Leer y comer, despacio lo has de hacer.

Leer para saber, y para obrar, recapacitar.

Libro que pensar no hace, no me place.

A las malas vibras con libros las libras.

Ocio sin lectura, vida en sepultura.

Para saber, has de leer.

Quien lee y no entiende, el tiempo pierde.

Tal libro leemos, tal vida hacemos.

Vuelta la hoja, el libro dice otra cosa.



.

La Biblioteca Central del Estado Ricardo Garibay recibe el

Premio Fomento de la lectura: México lee 2009

Clic para ver


La Biblioteca Central del estado de Hidalgo a través de la Sala de Silentes, fue galardonada con el premio nacional Fomento de la lectura: México 2009, en la categoría de bibliotecas públicas, convocado por la Secretaría de Educación Pública, Conaculta, el Instituto para la Innovación Educativa de la OEA y la Fundación Santillana.

El proyecto La Sala de Silentes en la Biblioteca Central Ricardo Garibay presentado por el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo, refleja el trabajo que se realiza desde mayo de 2007, por medio de su Programa de Fomento a la Lectura, y en la sala de silentes con la promoción de la lectura y escritura en la comunidad sorda.

Esta sala, la primera a nivel nacional que brinda un espacio de lectura y escritura a la comunidad sorda, al desarrollar un programa integral para la atención de los sordos denominado Las personas sordas y el acceso a la lectura y escritura con variadas estrategias y métodos aprobados y reconocidos a nivel internacional.

En la Sala de Silentes se imparten varios cursos y talleres a los usuarios y sus familiares, con sesiones de Logogenia, talleres de Lengua de Señas Mexicana (LSM), talleres de enseñanza de la lecto-escritura, talleres visuales y talleres creativos.

Los participantes reconocen el significado de las palabras escritas en español e identifican los elementos de la imagen, para desarrollar sus habilidades de narración a través del lenguaje de señas.

Los niños y jóvenes sordos van al encuentro con los libros, para compartir emociones, gestos y palabras por medio del intercambio de su experiencia del mundo, para nutrir la imaginación, el pensamiento y el vocabulario en Lengua de señas mexicana.



.

Los textos y los días

Daniel Goldin


Aunque mi pasión por los libros se ha hecho menos compulsiva en los últimos años, aún hoy me es difícil imaginar un placer más completo que la lectura. Los libros siempre han estado cerca de mí como una promesa, como una puerta, como un cofre. He vivido rodeado de libros toda la vida. Me es difícil imaginarme sin ellos, y de plano desconfío de una casa en la que no los haya.

Mi padre fue bibliotecario (y además ávido lector), mi madre es bibliotecaria (y no muy buena lectora), en mi casa siempre ha habido libros y en la casa de mis padres, más que los propios (que eran muchos), lo que se leía eran los libros prestados por la biblioteca. Por esto sé que estuve ligado a los libros desde mi primera infancia, aunque dudo que haya tenido una relación muy estrecha con ellos antes de aprender a leer: durante muchos años sólo fueron objetos raros que ocupaban un lugar en la sala y, lo que era más molesto, la atención de mi padre.

Pese a su formación de bibliotecario, mi padre, el principal lector de la casa, no solía leernos clásicos de la infancia ni acercarnos a ellos. Tal vez, ahora lo pienso, porque su infancia fue dura y poco rodeada de afecto. Los cuentos clásicos de Andersen, Perrault o de los Grimm, me llegaron pero no sé cómo. Dudo que haya sido a través de libros. En cambio mi padre nos leía una hermosa edición de El libro de las tierras vírgenes, de Rudyard Kipling.

Siempre fue una lectura compartida con mis hermanos, quizá por esto tuvo tanto peso. Era como una ceremonia en la que pactábamos un armisticio temporal para escuchar a mi padre. Hoy pienso que no sólo me gustaba el relato: me encantaba ver a mi padre de otra forma. Al leer en voz alta, su presencia se expandía hacia un territorio inhóspito, lejano y tentador que era desde donde nos hablaba. Su figura crecía aún más porque, intuía yo, lo que nos leía era importante para él por alguna razón que nunca explicitó. Su voz de cierta forma nos abrigaba en su misterio, nos trasladaba a su silencio.

Tiempo después, siendo ya lector, por ese mismo sendero me interné en la literatura buscando su afecto y siguiendo las lecturas que él me recomendaba, los sábados en la biblioteca de la que él había sido bibliotecario fundador. fue en esas mañanas sabatinas cuando entraron verdaderamente los libros en mi vida: Belleza negra, Huckleberry Finn y Tom Sawyer, La cabaña del tío Tom, Príncipe y mendigo, Ivanhoe, Sin familia.

No hace mucho alguien me preguntó cuál había sido el libro más importante de mi vida; sin vacilar contesté que Tom Sawyer. Es mi modelo a seguir, agregué en el acto. Tom y Huck, quiero decirlo, son y han sido los personajes más importantes de mi vida. Su inteligencia rapaz, su desprolijo garbo, su alegría vital; los puedo visualizar: Tom con una camiseta a rayas rojas y Huck una camisa cuadriculada como de granjero; ambos descalzos, con los pies llenos de barro, como la boca y las manos. Me es difícil imaginar felicidad más plena, sobre todo por la nobleza de ambos, tan ajena a la pompa, y porque era en la amistad donde ésta crecía.

Una de las vivencias constantes de mis lecturas desde niño ha sido la multiplicidad de escenarios en donde ésta acontece. Por lo menos son tres: uno, hacia adelante, que sigue la trama y trata de averiguar el desenlace pronto, con ansia casi ciega. Pero hay otro en el que miro de reojo las emociones que la lectura me provoca. En el tercero están las imágenes que se van formando por la lectura: un niño con un atado a la espalda y un perro (Sin familia), las callejuelas de Londres (Príncipe y mendigo), un niño astroso con el pantalón rabón y sombrero de paja (Tom Sawyer), etcétera.

Generalmente, con el paso del tiempo no retengo casi ninguna de las tramas que con tanto ahínco buscaba desentrañar. En cambio, recuerdo con gran claridad imágenes que se formaron en mi mente al leer. Por eso no deja de asombrarme mi escasa afición por los libros de imágenes, pese a estar muy ligado a la pintura y haberme dedicado a ella. Ya padecía la eterna disyuntiva que sufrimos todos los lectores: querer acabar rápido el libro y desear que nunca se termine. Quería devorar los libros, aunque sabía que no había mayor deleite que quedarme en ellos.

En esa época frecuentaba la biblioteca de la escuela y sacaba muchos libros que no terminaba de leer. Me gustaba que la bibliotecaria me dijera que eran para adultos; y yo le contestaba que no importaba: leer se había convertido en una fuente de prestigio social, aunque seguía siendo fuente de placer y múltiples emociones. En esa época, la lectura recreativa era una actividad de los sábados en la mañana; no recuerdo lecturas nocturnas ni vespertinas.

Los amigos comenzaban a ser fuentes de recomendación, había que leer para participar en las pláticas, que siempre me parecían misteriosas pues yo seguía leyendo más por tener otra vida, que por aprender algo para ésta. Recuerdo con claridad la lectura de Las noches blancas de Dostoyevsky durante un viaje a Centroamérica que hice con unos amigos. El libro era bastante corto y después de varios días en autobús ya varios lo habían leído. Cuando yo concluí la lectura, un amigo me preguntó si estaba de acuerdo con lo que decía el libro. La novela era una defensa de la tesis que se explicitaba en el párrafo que acababa de leer. Pero hasta ese momento yo no había asimilado que de los libros había que sacar conclusiones. Vivía lo que el autor me obligaba a vivir, me borraba a mí mismo con la intensidad del relato. Con eso bastaba. Recuerdo la desilusión que me provocó tener que distanciarme de la vivencia para argumentar.

Los primeros amores surgieron junto con mi afición por la poesía. Leí hasta agotar la colección de Joaquín Mortiz. La leía en el jardín de la biblioteca, en los pasillos de la escuela, en los camiones y en la casa. Muchas veces en voz alta. Al revés de lo que me pasaba con la narrativa, aquí el placer era volver, jamás avanzar. De hecho, aún hoy rara vez leo un libro de poesía de principio a fin. Abro una página, abro otra. Vuelvo al poema que leí 20 veces. Las lecturas de poesía de aquella época (como la música que escuché y la pintura que vi) marcaron mis gustos.

Puedo volver a leer los poemas y encontrarles nuevo sentido o seguir sin encontrarles alguno, pero no dejan de atraerme. Ahí está el centro de mis vivencias más profundas, la sensación de que el tiempo es un engaño, la dificultad de avanzar en el eje sintagmático, como diría Jacobson. También en esa época apareció el bicho de la escritura, que siempre había tenido, pero que aquí empezó a socializarse.

En ese ir y venir de la escritura a la lectura y viceversa, ambas actividades se han transformado, han perdido un encanto y han ganado otros. Han perdido el de la ingenuidad y la inocencia; han ganado el de una comprensión más profunda de sus leyes secretas. Quizá a partir de esto se ha hecho menos compulsiva mi relación con ambas y con los objetos en que ambas parecían centrarse: los libros.

Hoy, leer y escribir me parecen dos formas del pensamiento, de la comunicación, de estar en el mundo. Me interesa mas la relación de ellas con ese estar y mas que el objeto libro, el sujeto que lee. Tal vez porque me he dado cuenta de que con ellos se pueden ocultar muchas ruindades, por la inutilidad de acumularlos (aunque me siga gustando comprarlos y poseerlos), de la banalidad de leerlos sin hacer una lectura propia. También he comprendido con mayor claridad la profundidad de la lectura, esta actividad que tantos suelen conceptuar como un no hacer nada o como meramente pasiva.

La dimensión que abren los libros es la de la incompletud y la promesa de calmarla. La trampa que nos ponen es que sólo se puede colmar con su propia materia; lenguaje. ¿Por qué sigo tan atado a ellos si sé que son una trampa? Tal vez porque con ellos y por ellos he entendido algo inherente a nuestra condición: que nuestra única patria es volátil y esquiva, que la única forma de arraigar en ella es mantener y alentar sus movimientos, desintegramos, como el polvo. No ser de nadie, no tener sentido y no poder dejar de producirlo.


Daniel Goldin (Ciudad de México 1958) Es editor y ensayista. Creó y dirigió el proyecto de libros para niños y jóvenes del Fondo de Cultura Económica hasta febrero de 2004. Desde enero de 2007 trabaja en la editorial Océano de México, donde tiene a su cargo la dirección editorial del proyecto Océano Travesía, que comprende obras para niños y jóvenes, además de textos para adultos relacionados con la formación de lectores.

Deja un comentario

Trackback this post  |  Subscribe to the comments via RSS Feed


Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar